Las nuevas cepas del mal

Columna de Opinión

Las nuevas cepas del mal

Bogotá , 12/02/2021

Foto: archivo, Juan Pablo Bello - Presidencia

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Por: Diego Molano, Ministro de Defensa

Bogotá, 12 de febrero de 2021.

Hace un par de años, un editorial del diario EL TIEMPO nos recordaba que Pablo Escobar podría ser, por mucho, la variante más contagiosa y virulenta del mal que más afecta a nuestro país: el narcotráfico. Hoy, 27 años después de su baja, el virus sigue mutando y matando.

De las bombas asesinas que marcaron con muerte la época de ese lamentable primer gran brote, pasamos a padecer hoy los también efectos asesinos de las nuevas cepas: más muerte de inocentes como los líderes sociales, inseguridad, daños ambientales y corrupción.

En un momento, después de haber golpeado a los principales capos de los antiguos carteles, como sociedad pensamos que habíamos destruido el virus. Pero un lamentable descuido por veleidades ideológicas y vanidades políticas abrió un abismo inmenso a este mortal rebrote.

El negocio sucio de usar nuestros campos, y la privilegiada ubicación geográfica de Colombia para sembrar, procesar y traficar coca, poco a poco fue copando otros espacios de la vida del país. Ya no solo es cuestión de cultivos, del uso perverso de gente humilde y del deterioro de la imagen de toda una nación ante el mundo, sino que el virus terminó llegando a nuestras ciudades, a la vida de nuestros jóvenes y niños, a nuestros santuarios naturales, y en muchos casos permea, incluso, las instituciones.

En otras palabras, el bienestar, la vida y el futuro de Colombia siguen amenazados por este mal.

Una prueba más de la mutación del fenómeno del narcotráfico es que ya, en los informes de Uso de Drogas en las Américas de 2015 de la OEA y del World Drug Report de 2016 de la ONU, nuestro país pasó de ser solo productor a ser el cuarto de mayor consumo de cocaína y marihuana de la región. Lo más grave: el menudeo en las calles; las principales víctimas: niños y jóvenes.

Empiezan por regalarles la primera papeleta, los retan y los envician. Luego, cuando el mal ya está hecho, los usan para agrandar la red, para crear nuevos consumidores y para cuidar los espacios de distribución mediante el uso de la violencia. Y como las autoridades los persiguen cada vez más cerca, ellos buscan contagiar a colombianos cada vez más jóvenes, de manera que difícilmente generen sospecha.

Este modus operandi es el generador del crimen que, en promedio, anualmente empuja a 2.500 adolescentes y jóvenes al Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescentes (SRPA) por tráfico, fabricación y porte de estupefacientes. Este virus se mete de frente con las nuevas generaciones, con los niños y con el futuro de todos. Ese puede ser el camino más corto para destruir una sociedad.

Con esta dinámica, el narcotráfico está creando consumidores, víctimas y delincuentes. Así lo demuestran síntomas como las afectaciones en los indicadores de seguridad de nuestras ciudades, porque donde hay consumo hay microtráfico y cadenas visibles e invisibles de otras dolencias: extorsión, explotación, mendicidad, miedo; porque donde hay consumo hay vidas arruinadas y familias tristes; donde hay consumo hay inseguridad y violencia.

De la lucha contra los carteles y la desmovilización de paramilitares y guerrilleros, surgió la otra variante del virus que estamos enfrentando: los grupos armados y de crimen organizado que quieren tener el control territorial. Esta cepa es la que está segando las vidas de los líderes sociales y ambientales, porque los delincuentes han visto en las políticas del presidente Iván Duque el camino para la construcción de una paz con legalidad verdadera que es su gran amenaza y por eso buscan desestabilizar con la muerte de inocentes que tanto nos duele.

El mal pretende frenar el avance de la institucionalidad, que es la fórmula integral para garantizar derechos y libertades, brindar seguridad, desmantelar organizaciones criminales, reducir las rentas criminales, erradicar los cultivos ilícitos, acabar con el tráfico, porte y consumo de sustancias psicoactivas en las ciudades y entre los jóvenes, avanzar en la restitución de tierras a los campesinos y proteger nuestra biodiversidad.

De una manera visionaria, el presidente Duque avistó temprano el peligro y, con la política de legalidad, el virus está siendo contrarrestado eficazmente, como pasa con la pandemia, pues los pañitos de agua tibia que le estaban aplicando al problema más grave de seguridad nacional le estaban permitiendo tomar ventaja.

Los resultados son contundentes: en 2020 logramos la cifra más baja de homicidios desde 1974, con 23,79 por cada 100.000 habitantes. También, la tasa de secuestros más baja de los últimos 35 años. Asimismo, logramos la erradicación de 130.000 hectáreas de coca en 2020, se dejaron de producir 115.440 kilos de cocaína y cerramos con el récord de más de 4.000 laboratorios destruidos. La Fuerza Pública asestó fuertes golpes contra los responsables de asesinatos de líderes indígenas, sociales y de sustitución de cultivos.

El narcotráfico y los grupos narco-criminales son la mayor amenaza para el futuro de Colombia. El Gobierno Nacional y la Fuerza Pública fortalecerán, con mucha mayor fuerza y estrategia ahora, el ataque contra este mal, sus cepas y mutaciones, desde la raíz.

O la sociedad toda se pone en pie hoy para acompañar la derrota de este virus, o este se podría convertir en otra pandemia más dolorosa para los colombianos.

Tomada de: https://www.eltiempo.com/justicia/conflicto-y-narcotrafico/las-nuevas-cepas-del-mal-diego-molano-566361